Festival Distritofónico 2014 Pt. 2

Por Oscar Adad | Fotos: Jesús Cornejo

El cartel del Distritofónico tenía fuego. Los primeros días de conciertos dejaron claro que el festival tenía mucho qué ofrecer en los días por venir. Además de los reconocidos artistas internacionales invitados, los ensambles locales tenían una presencia significativa, lo que aumentaba la curiosidad por descubrir su mundo sonoro. El pianista John Medeski; la artista vocal Lucía Pulido y el chelista Eric Friedlander; la también artista vocal Sofía Rei; el ensamble Bituin; y la banda de free jazz Asdrubal, eran las propuestas que nos esperaban en la segunda jornada del festival.

John Medeski | Foto: Jesús Cornejo

John Medeski | Foto: Jesús Cornejo

El Teatro Jorge Eliécer Gaitán es una belleza. No hay más. Fue construido entre 1939 y 1940, literalmente una máquina del tiempo. Me recuerda a los viejos y grandes cines mexicanos -como en su momento lo fue el Teatro Metropólitan del DF-, a los que solía llevarme mi padre cuando yo era un niño. La marquesina, majestuosa y brillante, alumbraba la Séptima, no con el título de algún estreno cinematográfico, sino con los nombres de los músicos que se presentarían esa noche en el Distritofónico: John Medeski, Lucía Pulido y Eric Friedlander.

Ver a John Medeski en piano solo puede resumirse en una palabra: hermoso. Es un músico que puede pasearse con elegancia entre varios estilos como la música clásica, el jazz y llegar hasta el metal, como en el proyecto Moonchild del compositor John Zorn. Pero al escucharlo dialogar únicamente con el piano, un armonio y la melódica, realmente se revela su gran capacidad expresiva y de imaginación. En el concierto presentó temas de su disco en solitario titulado A different time, complementado con un par de piezas de Thelonious Monk y su desbordante manera de improvisar.

Posteriormente, la artista vocal colombiana, Lucía Pulido, se plantó en el escenario con el chelista Eric Friedlander. Era la tercera ocasión que veía el trabajo de la vocalista con diferentes ensambles. Lucía interpreta canciones tradicionales colombianas, pero suele recurrir a músicos de la improvisación, la música experimental y la electrónica para obtener una nueva lectura del material y un sonido único. En esta ocasión presentó Arrullo de la noche honda, poemas y cantos tradicionales del Pacífico y el Caribe colombianos, trabajo que se convertirá próximamente en libro y LP gracias al impulso de Nova et Vetera, Tragaluz Editores y Festina Lente Discos, del promotor y periodista bogotano Luis Daniel Vega.

Lucía Pulido y Eric Friedlander |Foto: Jesús Cornejo

Lucía Pulido y Eric Friedlander |Foto: Jesús Cornejo

La noche finalizó en el teatro, pero no así el festival. Aún faltaba un concierto en Matik-Matik, un concierto por demás emblemático. Era la noche de Asdrubal, la banda que dio inicio, hace diez años, al colectivo La Distritofónica.

El lugar estaba lleno y se respiraba un ambiente agradable. Parecía que todos sabían del significado de Asdrubal. Además, el grupo presentó su alineación original con Ricardo Gallo al piano, quien abandonó la banda después de su primera grabación por su partida a Estados Unidos, y a quien se decidió no sustituir con otro pianista. Un pacto de amistad, como bien lo dice el libro Jazz en Bogotá, editado en 2010 por la Alcaldía Mayor de la ciudad.

La música de Asdrubal es un encuentro entre el free jazz, el punk rock y las músicas tradicionales colombianas. “Papayera del infierno”, la llaman ellos. Y sí, el concierto fue un festín demoniaco. Aquella fría noche en Bogotá fuimos poseídos por amplificadores a todo volumen, desquiciadas improvisaciones colectivas y candentes ritmos tradicionales.

Asdrúbal | Foto: Jesús Cornejo

Asdrubal | Foto: Jesús Cornejo

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La cantante y songwriter Sofía Rei vive en Nueva York, es de Buenos Aires, y poco a poco se ha ganado un lugar dentro de la nueva música hecha por latinoamericanos en el mundo. Sofía, además de concierto, ofreció un taller donde compartió, entre otras cosas, su visión sobre lo que le ha significado a ella y a su música vivir en la ciudad estadounidense. “He conocido más música latinoamericana en Nueva York que cuando vivía en Buenos Aires. En Nueva York existe una especie de pequeña Latinoamérica donde hay músicos de diferentes países”, afirmaba.

El taller se llevó a cabo en Locus, espacio creativo, nuevo lugar para las expresiones artísticas contemporáneas de la ciudad. Allí, mientras Sofía exponía diferentes ejemplos y ejercicios de su técnica vocal y de las diferentes influencias sonoras en su trabajo, dos jóvenes gemelas la escuchaban con atención. Ellas eran las hermanas Valentina y Juanita Añez, integrantes de Bituin, ensamble que compartiría escenario precisamente con Sofía Rei en el festival.

Bituin | Foto: Jesús Cornejo

Bituin | Foto: Jesús Cornejo

La noche del concierto fue Bituin el grupo que inició con la música en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán. De entrada, el ensamble me pareció muy singular porque estaba formado por dos parejas de hermanos: las gemelas Juanita y Valentina Añez, en las voces; y Santiago y Daniel de Mendoza, en batería y contrabajo, respectivamente.

La música que ofreció el cuarteto fue sorprendente. Una reinterpretación de canciones populares latinoamericanas, pero con el pequeño detalle de la experimentación sonora. Las canciones, que en algún momento pudieron remitirnos al pasado, en manos de Bituin se transformaron en temas actuales e inquietantes. Son cuatro músicos atrevidos, a algunos podrían parecerles irrespetuosos -tal vez-, pero con mucho sentido del humor. Gran noche la que nos regaló Bituin.

Después, fue el turno de Sofía Rei y su propuesta que mezcla diferentes sonoridades de Sudamérica con música contemporánea. Sofía, en poco tiempo, ha tenido muchísimas y muy importantes colaboraciones a lado de artistas como John Zorn, Bobby McFerrin y Maria Schneider, por mencionar sólo algunas. Y es lo que ha hecho que su música se vea enriquecida continuamente. Desde piezas de John Zorn para Masada, hasta temas tradicionales como La Llorona y la invitación a subir al escenario a Lucía Pulido, hicieron una brillante amalgama en su presentación dentro del festival.

Sofía Rei | Foto: Jesús Cornejo

Sofía Rei | Foto: Jesús Cornejo

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Festival Distritofónico 2014, diez años del colectivo La Distritofónica – Primera parte

Por Oscar Adad / Fotos: Jesús Cornejo

Con mucho cariño para Mange, Luis Daniel y Julián.

Cuando vi el calendario de conciertos me resultó sorprendente y atractivo. Un festival en Bogotá en el que podían convivir desde músicas tradicionales colombianas hasta estilos como el jazz, el rock, la música contemporánea, e incluso la electrónica, en tan sólo cinco días. Vaya, no era tan común ver una noche a John Medeski en un elegante teatro con su música de improvisación y jazz contemporáneo a piano solo, y la siguiente sudar la gota gorda en un atestado foro callejero con el fulminante vallenato de Don Carmelo Torres y Los Toscos. Una idea nada usual entre los festivales de música independiente, al menos aquí en México. Había que estar ahí. Había que atestiguar los diez años del colectivo La Distritofónica.

Bogotá es una ciudad contrastante. Es la capital de un país que divide a sus pobladores en seis niveles de acuerdo a sus ingresos y que deja ver una Colombia con un alto grado de desigualdad social. Hordas de automóviles salvajes, altos decibeles y advertencias continuas de la delincuencia que se regocija impunemente por las calles, mezcladas con la musicalidad del acento bogotano, es parte de la pintura multicolor de la ciudad. Pero Bogotá es también el lugar de las montañas, el cielo azul y las nubes. El lugar perfecto para echar a volar los cometas e imaginar nuevos horizontes. Y es precisamente entre el caos urbano y los cometas en el cielo donde, desde hace diez años, un grupo de jóvenes artistas decidió empezar a componer nueva música para la banda sonora de la ciudad.

Plaza Bolívar / Foto: Jesús Cornejo

Plaza Bolívar / Foto: Jesús Cornejo

La Distritofónica es un pequeño colectivo de músicos bogotanos que desde sus inicios en 2004 apostó por sacudirse los convencionalismos, tanto en la manera de producir su música como en la música misma. En la Distritofónica toda sonoridad es bienvenida y por esa razón pueden mezclarse estilos tradicionales de su país como la champeta y la cumbia con géneros contemporáneos como el rock, el jazz, e incluso la música electrónica. El resultado en estos diez años es la edición de treinta y siete discos por el colectivo que dan cuenta de la efervescencia y creatividad de la música independiente en Colombia. Motivo más que suficiente para estar de fiesta. Así las cosas, y por cuarta ocasión, echaron a andar el Festival Distritofónico. Para este año, el cartel se dividió en cinco días e incluyó a reconocidos artistas internacionales, ensambles del colectivo y de música tradicional, además de talleres y actividades académicas.

Día uno – Eric Friedlander y Nicolás Ospina Trío

El primer concierto fue en el Planetario de la ciudad. Era mi primer día en Bogotá y fui guiado por Luis Daniel Vega, periodista y fundador del sello disquero Festina Lente, excelente trabajo que merece un texto aparte; y por Julián Cotes, fotógrafo. Subimos al Transmilenio mientras me hablaban de algunos barrios emblemáticos para la música bogotana. Una calle especial es la 33, en el barrio de Teusaquillo. Justo de esa calle tomó su nombre la famosa banda de salsa La 33. La razón es muy simple: ahí estaba su lugar de ensayo. Luego paramos en el Centro a Inter Discos, tienda de viniles en su mayoría dedicados a lo tropical con más de 45 mil títulos. Una locura para cualquier coleccionista. Nada mal el camino previo al primer concierto del Distritofónico.

Finalmente llegamos a la apertura del festival en el Planetario de Bogotá. La sala era pequeña y con buena acústica. Lugar muy adecuado para escuchar el trabajo del chelista Eric Friedlander en solitario. Está de más hacer una biografía de Friedlander, quizá sólo baste decir que al escuchar su nombre uno piensa de inmediato en música hecha a la perfección y desafiante al oído. Friedlander es de los músicos más representativos de la escena “Downtown” de Nueva York y su nombre se asocia mucho con el del compositor John Zorn. De hecho, el concierto que presentó el chelista fue la interpretación de Volac, octavo volumen de Book of Angels, precisamente de Zorn. Friedlander es un tipo de personalidad sobria, pero tremendamente expresivo cuando aborda su instrumento. No permitió interrupciones de ningún tipo y pidió a los fotógrafos dejar de disparar sus cámaras a mitad de la sesión por el casi imperceptible ruido de los obturadores. El set de Friedlander se reduce de una manera muy simple: dio un juego perfecto.

Eric Friedlander / Foto: Jesús Cornejo

Eric Friedlander / Foto: Jesús Cornejo

Luego vino el primer descubrimiento local: Nicolás Ospina Trío. Tanto la personalidad como la música que ofreció fue contrastante con lo sucedido previamente con Friedlander. Si el turno del chelista se acercó más a un concierto de música contemporánea, el compositor bogotano llevó a nuestros oídos los colores de la música popular, el jazz y la canción de autor. Ospina hizo una música muy cercana al pop, pero apoyado en instrumentos acústicos, tradicionales y de músicos invitados, lo que dio gran riqueza tímbrica a sus composiciones. Además, su personalidad como carismático contador de historias llenó de mucha calidez la sala del Planetario.

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Nicolás Ospina Trío / Foto: Jesús Cornejo

Día 2 – Trip Trip Trip e Invader Ace

Lo primero que hizo Luis Daniel esta mañana fue hablarme de un tal Pink Tomate. Me cuenta que es  el gato de la novela Opio en las nubes del escritor bogotano Rafael Chaparro Madiedo, quien murió de lupus a los 31 años de edad, y que con esta única novela publicada se convirtió en un escritor de culto en Colombia. Luis Daniel y Mange (coordinadora del festival) viven en el barrio donde se desarrolla la historia, salimos a la calle y Luis me muestra la avenida donde Chaparro Madiedo describe y dibuja el mar en Bogotá. Miro la avenida, imagino el mar entre los autos y el asfalto, y la voz de Pink Tomate, acompasada y traviesa, me susurra al oído:

“Soy Pink Tomate el gato de Amarilla. A veces no sé si soy tomate o gato. En todo caso a veces me parece que soy un gato al que le gustan los tomates o más bien un tomate con cara de gato. O algo así. Me gusta el olor del vodka con las flores. Me gusta ese olor en las mañanas cuando Amarilla llega de una fiesta llena de sudores y humos y me dice hola Pink y yo me digo mierda,  esta Amarilla es cosa seria, nunca duerme, nunca come, nunca descansa, qué vaina, qué cosa tan seria. Claro a veces me desespera cuando llega con las noches entre sus manos, con la desesperación en su boca y entonces se sienta en el sofá, me riega un poco de ceniza en el pelo, qué cosa tan seria, y empieza a cantar alguna canción triste, algo así como I want a trip trip trip como para poder resistir la mañana o para terminar de joderla trip trip trip”.

Ya para la noche estamos en Matik-Matik, sitio emblemático para la nueva música que se hace en Bogotá. El lugar, además de foro, es también un espacio en el que se apoya la producción de discos y se ofrece difusión y promoción a nuevos proyectos. Aquí es el punto de encuentro de la comunidad de música independiente de la ciudad. El lugar es pequeño, como para 100 personas. Una serie de diseños con el rostro de  Mao Tse Tung adorna una de las paredes. La barra, además, tiene un toque especial porque ofrece sus propios rones “arreglados” con frutas y especias.

Matik estaba casi lleno para el segundo día de festival. Esa noche se presentaron Trip, trip, trip (sí, la onomatopeya de Pink Tomate) e Invader Ace.

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Trip trip trip / Foto: Jesús Cornejo

Trip Trip Trip es un ensamble acústico de guitarras que interpreta música contemporánea original y de otros compositores. Lo interesante aquí, además de la gran calidad de la música que ofreció el ensamble, es que el espacio no era propiamente una sala de concierto, sino un foro de corte más subterráneo. La mitad del público sentada en sillas plegables y la otra mitad de pie  junto a la barra escuchaba con atención todas las sutilezas que puede ofrecer un ensamble de estas características. La gente vino a escuchar la música y eso se agradece.

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Invader Ace / Foto: Jesús Cornejo

Después subió al escenario el dueto escandinavo de techno Invader Ace. Ya mi amigo Santiago Botero, bajista de MULA y Los Toscos, me había puesto al tanto de estos tipos. Las sillas ya no estaban y olía a una descarga de baile desenfrenado. Y en efecto. Estos caballeros con guitarra, tuba, botones, pedales análogos y radios viejos, se encargaron de reventar el voltaje de Matik-Matik. En plena era digital Invader Ace opta por hacer todo su trabajo con tecnología análoga, y el resultado es alucinante. Lo de Invader Ace fue el grado de temperatura que faltaba para hacer volar la olla express de los tres conciertos previos del Distritofónico. Ahora sí, el festival había iniciado.

Documental radiofónico álbum XËËW – CECAM Tlahuitoltepec, Oax.

CECAM XEEW
Documental radiofónico sobre el disco XËËW, álbum donde la orquesta mayor de alumnos del CECAM Mixe de Tlahuitoltepec, Oaxaca, grabó en colaboración con diversos artistas del mundo del rock, el jazz, la música popular y la música electrónica. Algunos de los artistas participantes en el disco son: Troker, Hello Seahorse, Ely Guerra, Belafonte Sensacional, entre otros.

Producción – Oscar Adad
Realización – Daniel Sánchez y Gabriel Ochoa

Sun Ra Arkestra, llamando al planeta tierra.*

Sun Ra

Sun Ra

Por Oscar Adad @oadad

“I always say it’s not my Arkestra, it belongs to some other force which wants certain things, to reach people”. Sun Ra

La verdad es que ya había perdido la esperanza, si es que alguna vez la tuve, de ver en vivo a la Sun Ra Arkestra. La leyenda de Herman “Sonny” Blount (1914 -1993), ese hombre que en la época de la postguerra decidió, o más bien recordó, que venía unas veces de Saturno, y otras tantas de la estrella Sirio, parecía ser sólo un buen recuerdo en las charlas de quienes pudieron vivir semejantes experiencias en México en décadas anteriores. La Sun Ra Arkestra ha tenido una fuerte relación con nuestro país, pero existen datos borrosos de lugares y fechas de presentaciones: algunos dicen que se presentaron en el Palacio de Bellas Artes, otros que en el Teatro Hidalgo, otros más que en Ciudad Universitaria, y es común la historia de sus apariciones en el programa Siempre en Domingo, cosa que en palabras de Elson Nascimento, percusionista de la Arkestra, ocurrió no en una, sino en tres ocasiones.

La Sun Ra Arkestra es definitivamente uno de esos casos sui generis en la historia de la música. Una gran orquesta surgida a fines de los años cincuenta con la convicción de venir del espacio, ataviada con luminosos trajes y una estética que oscila entre la cultura egipcia y la africana. Todo ello retratado dentro de una cinta de ciencia ficción espacial contada con bailarines. La Arkestra toca desde temas de blues y danzas africanas, hasta las improvisaciones más abstractas y transforma -junto con el público- la experiencia de un concierto en un “Ritual Espacial”, como ellos mismos lo llaman.

Sun Ra, músico persistente y disciplinado, es fundamental en la historia. A él se le adjudica el comprender, primero que nadie, el balance entre la composición y las improvisaciones de vanguardia en el contexto de una pequeña orquesta, además de ser un pionero en la utilización de los sintetizadores mucho antes del nacimiento del jazz rock, como lo apunta el crítico Neil Tesser. Asimismo, el poeta y activista Amiri Baraka considera que la música de Sun Ra es “la expresión más precisa de la antiquísima existencia negra en nuestros días”.

Por otra parte, en el documental realizado por la BBC de Londres: Brother from another planet,  se resalta la importancia del concepto que tenía el pianista para poder conformar su ensamble. “Era muy complicado mantener una gran orquesta: Duke Ellington lo logró mediante el pago de regalías de sus grandes éxitos, Dizzy Gillespie gracias a los apoyos estatales, Benny Goodman era un hombre rico y podía pagar de su bolsillo a los músicos. Sun Ra no tenía nada de eso…pero tenía una idea”, apunta el historiador John Schaap. Y es a partir de esa idea cósmica  que conjunta a una gran cantidad de músicos ya legendarios como los saxofonistas Marshall Allen (actual director), y a los ya fallecidos John Gilmore y Pat Patrick, entre muchísimos otros.

Pero la idea de la Arkestra iba más allá del escenario, la Sun Ra Arkestra era una forma de vida. Vaya, un planeta aparte. No en vano, en la década de los sesenta, vivían todos juntos bajo el mismo techo en Nueva York, punto esencial para que se formase el peculiar estilo del combo y terreno fértil para poder trabajar día y noche en los conceptos espaciales del pianista. Amiri Baraka y Elson Nascimento concuerdan en ello. “Para él lo más importante era la música, no el dinero que iban a pagar en los conciertos”. Para rematar, el propio Ra declararía: “De las cosas que más me interesan de un músico son su disciplina y precisión”. No se puede ser más contundente.

Sin embargo, detrás de ese férreo carácter, Sun Ra estaba muy interesado en viajar y llevar su música a la gente, así como buscar hacer nuevas amistades en cada lugar que visitaba. “Le encantaba hacer amigos en cualquier lugar – señala Nascimento-. En los cinco años que estuve con él viajamos a todos lados, por tren, por tierra, por aire. Fuimos todos a California en tren, nos tomó tres días; o de Nueva York a Birmingham en una Van. También estuvimos en Moscú, él nunca había estado ahí”.

Elson Nascimento, está sentado en su cuarto de hotel y continúa evocando recuerdos e historias de los años que convivió con Sun Ra. Me cuenta sobre la muerte de John Gilmore en la casa donde todos vivían, me cuenta también que el propio Gilmore fue baby sitter de Tyler Mitchell, contrabajista de la Arkestra y quien también vivió en México en años recientes; también me dice sobre la fuerte conexión que existía con Sun Ra y que no había necesidad de hablar mucho para poder entenderse.

– ¿Cuál ha sido tu mayor enseñanza con la Sun Ra Arkestra? – Le pregunto.

Me mira y no lo duda.

– Hacerlo todo juntos, siempre.

*Artículo publicado originalmente en Afterpop.tv

“La música improvisada te invita a cuestionar tus preconcepciones de la creación musical”: Gerardo Alejos, fundador del festival Cha’ak’ab Paaxil*

Por Oscar Adad

Gerardo Alejos

Gerardo Alejos

Para muchos, podría ser extraño imaginarse que en nuestro país, fuera de la ciudad de México, existan opciones dentro de la música experimental. Tendencias como el free jazz, la improvisación libre y el noise siempre se han visto como sonoridades minoritarias, y las cuales, en su mayoría, están concentradas en el Distrito Federal. Sin embargo, en la ciudad de Mérida, desde hace 6 años, se genera el festival independiente Cha’ak’ab Paaxil (música libre en maya), dedicado precisamente a toda esta paleta de sonidos, además de talleres para músicos, niños y no músicos. Para esta sexta edición que se llevará a cabo del 16 al 19 de mayo, el festival incluye importantes nombres tanto nacionales como internacionales entre los que se encuentran el pianista John Blum, el batería Milo Tamez, el artista sonoro Kevin Drumm (en colaboración con el festival Aural) y el saxofonista pionero en el free jazz en México Alejandro Folgarolas, entre muchos otros.

Tuvimos una charla con Gerardo Alejos, fundador y organizador de Cha’ak’ab Paaxil

¿Cómo te sientes ahora que ya cuentas con un apoyo después de estar prácticamente autofinanciando el festival?

Naturalmente, contar al fin con un presupuesto, por más modesto que sea, es algo que facilita mucho las cosas y nos permite invitar a más músicos y ampliar las actividades del festival. De nuestras seis ediciones anuales, sólo hemos contado con apoyo económico (beca) en dos, la primera edición en el 2008 y este año. El primer año, hubo más de 30 músicos invitados, entre artistas internacionales y nacionales (no contando a los yucatecos). Y este año, también hay casi 30 músicos invitados, aunque en esta ocasión casi la mitad de los participantes son de Yucatán. Desde hace dos años que tuve a mi primera hija, consideré dejar de hacer el festival porque ya no puedo cubrir los gastos de mi propio bolsillo, así que tener un apoyo económico es algo que garantiza la supervivencia del festival al menos un año más.

¿Para ti qué representa la música experimental y de improvisación?

Para mí, la improvisación, en primer lugar, es un método de creación musical y no un género. Como dice Derek Bailey en su seminal tomo “Improvisación: su naturaleza y su práctica musical”, la improvisación es la música más antigua que existe (los primeros homínidos que usaron su cuerpo o algún objeto como instrumento musical, con toda certeza, eran improvisadores), y décadas atrás el musicólogo húngaro Ernst Ferand, en su obra “La improvisación en la música”, ya había afirmado que la improvisación es la madre pocas veces reconocida de todas las formas musicales. Para nosotros no hay ningún conflicto entre los métodos de la improvisación y la composición; de hecho, nos parece acertadísimo el término que usa Misha Mengelberg para referirse a la improvisación: “composición instantánea”. Particularmente, lo que más me interesa de la improvisación es su doble naturaleza al ser, por un lado, el método de creación musical más antiguo del mundo, y por el otro, un método que te permite crear piezas que nunca serán interpretadas de la misma manera y que por lo tanto siempre tendrán algo “nuevo”. Y en cuanto a la música experimental, me parece más que suficiente la definición de John Cage de los años 50: “un acto experimental es aquél cuyo resultado es imprevisible”.

Festival

¿De qué forma has notado que un festival de este tipo ya forma parte de la vida cultural de Mérida? ¿De qué forma la comunidad participa?

Ésta es nuestra sexta edición anual, y de entrada mucha gente nos reconoce el hecho de haber logrado sobrevivir tantos años sin hacer concesiones estéticas. Mucha gente de Mérida también nos agradece que cada año ofrezcamos talleres gratuitos, algo que hacemos para promover no sólo la aparición de oyentes activos sino de músicos que tengan más apertura a la experimentación musical. Debido a nuestras limitaciones presupuestales, mucha gente de Mérida ha participado con nosotros como voluntarios o incluso nos ha prestado instrumentos o apoyado de otras formas. Naturalmente, si no hubiera un público para lo que hacemos, sería mucho más difícil reunir la voluntad para hacerlo, así que nos consideramos afortunados de contar con el apoyo del público yucateco y con el interés de mucha gente de todo el país y del extranjero.

Desde tu perspectiva ¿cómo ha modificado el entorno social y cultural el festival?

De entrada hay que reconocer que somos únicamente un festival de música, y como tal nuestro propósito fundamental es de carácter estético (presentar en Mérida a improvisadores de gran calidad en ensambles ad-hoc que faciliten que los músicos salgan de su zona de confort musical y trabajen libremente en una estética fértil y arriesgada). Pero en donde sí se puede notar un verdadero cambio es en el hecho de que un número inusitado de grupos musicales yucatecos de toda clase de géneros (rock, ska, música electrónica bailable, punk, etc.) hayan empezado a incorporar en su trabajo la improvisación, e incluso el ruidismo, desde hace varios años. Es decir, ahora es muy frecuente ver en Mérida a grupos que no son de free jazz o de música experimental que de repente tienen un interludio en donde modulan el feedback de sus amplificadores, o usan drones o técnicas instrumentales extendidas, etc., y no sería raro que la primera vez que muchos de esos músicos estuvieron estado expuestos a la música experimental haya sido en alguna edición de nuestro festival.

¿Cómo fue el proceso de integración de un festival de esta naturaleza a la comunidad de Mérida?

De entrada, mucha gente dentro de la escena musical yucateca me conocía como promotor de jazz desde antes de la creación del festival. Y antes aun (desde mediados de los 90, es decir, hace casi 20 años), mucha gente de la escena underground en Mérida nos conocía a mí y a Enrique Rejón (músico y también uno de los coorganizadores del festival junto con mi esposa, Leonor Chávez) como músicos y organizadores de conciertos de doom y death metal. Pero ahora creo que la mayoría de la gente sabe que, además de gustarme el jazz y el metal y muchas otras formas de música, lo que más me gusta es la improvisación libre, el free jazz, el noise y demás formas de música experimental.

Naturalmente, nunca hemos esperado que el festival tenga audiencias masivas al estilo de festivales de rock o pop, pero nos complacen los números que hemos obtenido tras seis ediciones de nuestro festival:

6 ediciones anuales del 2008 hasta la fecha
Audiencia promedio anual: entre 400 y 600 personas
Audiencia total durante las 6 ediciones: entre 2,000 y 3,000 personas
Número total de conciertos durante las 6 ediciones: 94
Número de artistas internacionales durante las 6 ediciones: 29
Número de artistas nacionales durante las 6 ediciones: 50
Número de artistas yucatecos durante las 6 ediciones: 22
Talleres gratuitos impartidos durante las 6 ediciones: 12

¿Los talleres para niños y no músicos son una apuesta a formar públicos, formar personas…?

Ambas cosas, pero también responden a una necesidad personal mía. Hace poco leí que Christian Wolff dijo lo siguiente: “Tanto Frederic Rzewski como yo descubrimos que cuando empiezas a tener hijos y a convivir diariamente con niños pequeños, la vida se vuelve muy diferente, sobre todo tu vida laboral. Y ambos nos dimos cuenta que empezamos a trabajar con estructuras musicales basadas en unidades muy pequeñas”. En el caso del Cha’ak’ab Paaxil, con los talleres dirigidos a no músicos pretendemos acercar la práctica de la música experimental a la comunidad y además ofrecer un contexto práctico-teórico para la apreciación de la improvisación y de la música experimental. Y sobre los talleres para niños, siempre hemos tenido interés en realizar presentaciones de música experimental para niños, pero en los últimos años hubo la coincidencia favorable de que, por un lado, los músicos y educadores Juan García (contrabajista) y Aimée Theriot (violonchelista), miembros del equipo de trabajo del festival, fundaron en Mérida la organización No.Estación.Arte y empezaron a realizar talleres de experimentación musical en comunidades de población mayoritariamente indígena en el interior del estado, y por el otro lado, como mencioné antes, yo tuve a mi hija Natalia hace 2 años y medio y por lo tanto siento ahora una nueva responsabilidad sobre la educación musical de ella y de los demás niños de su generación o generaciones cercanas. Desde entonces, hemos llevado a Vic Rawlings a dar un taller de circuit-bending y hardware-hacking a niños comunidades indígenas en el interior de Yucatán, hemos organizado un taller de Alan Courtis para niños con parálisis cerebral y otras discapacidades, hemos organizado conciertos didácticos para acercar el free jazz y las técnicas extendidas a los niños… Y tenemos muchas otras ideas al respecto que iremos desarrollando en las próximas ediciones, de conseguir el apoyo presupuestal y logístico necesario.

Desde tu perspectiva ¿qué puede aportar la música improvisada al entorno social de una comunidad?

Creo que toda la música, no sólo la música improvisada, puede tener un efecto positivo a nivel individual, y esto se puede ver reflejado en la sociedad en su conjunto –al menos en teoría– gracias a la labor individual de la gente que se esfuerza por mejorar el nivel de vida de la sociedad desde el ámbito que sea. Y de forma específica, la música de improvisación tiene al menos dos grandes aportaciones sobre los individuos (y, por lo tanto, posiblemente sobre la sociedad en su conjunto): en primer lugar, la práctica de la improvisación musical te fuerza como intérprete a dejar atrás mucha clase de limitaciones psicológicas o creativas, a romper ciertos paradigmas y a expresarte con un mayor grado de libertad. Y en segundo lugar, la improvisación libre –y en general la música experimental– le exige un alto grado de atención y de concentración a los oyentes; es decir, te exige convertirte en un oyente activo e incluso te invita a cuestionar muchas de tus suposiciones o preconcepciones acerca de la naturaleza de la creación musical o de cómo debe sonar un determinado instrumento.

*Entrevista publicada en Afterpop.tv

“Lo digital es sólo una manera distinta de expresar y expandir las ideas tradicionales”: Ravish Momin

Por Oscar Adad

Ravish Momin

Ravish Momin

Radicado en la ciudad de Nueva York, el percusionista Ravish Momin es sin duda uno de los músicos jóvenes con un futuro más que prometedor dentro de la escena de la música de improvisación y experimental. Con una historia de vida que inicia en medio oriente y se traslada por diversas geografías hasta llegar a la llamada Gran Manzana, Momin ha creado una sólida amalgama sonora armada con las músicas tradicionales que lo vieron crecer, la improvisación y la música electrónica. Ravish ha tocado y forma ya parte de esa selecta lista de improvisadores neoyorkinos que incluyen al contrabajista William Parker, al trompetista Roy Campbell y a la percusionista Susie Ibarra, por mencionar sólo algunos, además de tener actuaciones con el ensamble de hop hop Dälek (Ipecac). Ravish Momin está en nuestro país para presentar su proyecto Tarana, junto al trombonista Rick Parker, brillante joven improvisador y compositor. El dueto se presenta esta noche a las 20:30 en la Fundación Sebastián, ubicada en Patriotismo 304, Col. San Pedro de los Pinos.  Aquí una breve charla con Ravish Momin momentos antes del concierto:

¿De dónde surge tu interés en mezclar sonoridades de diferentes culturas?

Nací en la India y también viví en medio oriente mientras crecía. Mi familia viajaba mucho y tuve la fortuna de experimentar diferentes culturas a muy corta edad. Por ello, fue muy sencillo para mí el mezclar diferentes estilos para crear una nueva clase de música que reflejara mi personalidad. Fue un proceso muy orgánico.

¿Cuáles son los desafíos más grandes al mezclar este tipo de sonoridades?

Creo que retar la noción de la gente acerca de la “autenticidad”. Todo está influido por diferentes cosas y a veces la gente lo olvida y tiene ideas muy rígidas, especialmente en los estilos de música. Por mi parte, quise crear “música folk de un país que no existió”. Quise que la gente olvidara la idea de estilos específicos y que también mirara los elementos en común presentes en otras formas de música. Esto continúa siendo una lucha, pero estoy feliz de persistir en ella, creo que es importante en esta era global.

¿Cuál es el nivel de profundidad que buscas al conjuntar sonidos provenientes de distintas culturas? Es claro que tu música no entra en la llamada “world music”.

Como lo comenté anteriormente, es un proceso orgánico, no se trata de poner estilos encima de otros para hacer música exótica, sino empezar con un ritmo o una fuerte melodía de alguna cultura, ya sea de India o Turquía, y entonces añadir libremente mis ideas sin preocuparme por la “autenticidad”. Quizá por ello mi música suene más integrada que la llamada “world music”, la cual, a veces, me parece superficial.

En términos de expresividad en tu música ¿cómo la tecnología enriquece los sonidos tradicionales y viceversa? ¿Qué has descubierto en este campo?

Para mí la tecnología es una extensión de los tiempos en que vivimos, y no lo veo como algo separado de ello. El verdadero espíritu de hacer jazz en sus primeros años era poner los ritmos africanos en percusiones europeas añadiendo nuevos elementos. De la misma forma, creo que estoy agregando mi experiencia a un cuerpo musical que ya existe. Lo digital es sólo una manera distinta de expresar y expandir las ideas tradicionales.

¿Consideras que la improvisación es una forma de generar diálogo entre la música de distintas culturas y épocas, así como una forma para romper fronteras entre ellas?

La improvisación es una extensión natural de la expresividad musical, el impulso de querer crear algo nuevo para decir algo personal o contar una historia a través del instrumento. La improvisación existe en casi todas las culturas. Y sí, específicamente la conexión entre el jazz y la música clásica india, por ejemplo, es muy fuerte en términos de improvisación y material temático. Creo que esto es lo que lleva a mucha gente a explorar sus propias conexiones entre los dos estilos de música y romper las barreras a su manera.

¿Cómo mantienes la energía enfocada para generar siempre música propositiva?

Parafraseando a Albert Ayler: “La música es una fuerza de sanación”. Mi búsqueda es de formas para conectar mis ideas musicales con las audiencias, inspirar a la gente, hacerlos bailar o hacerlos experimentar algo nuevo. Esto me emociona y me mantiene motivado para desarrollar e intentar nuevas ideas en mi música. No quiero estancarme ni repetirme. ¡Si estoy tocando las mismas cosas estoy acabado y debería dejar la música!