Groove Collective / Festival Barroquísimo Puebla (I)

El cartel concerniente a la música durante ese fin de semana no se veía nada mal. El Festival Barroquísimo Puebla, entre sus numerosas actividades, mostró una curaduría muy cuidada y abrió un espacio para sonoridades poco convencionales de gran nivel: el jazz-latin-funk de Groove Collective; el beat vox de la neozelandesa Mihirangi, y el impresionante throat singing de la inuit Tanya Tagaq.

Foto: Renata Gutiérrez / Festival Barroquísimo

El primer acto presenciado fue Groove Collective, banda multicultural que ya ha visitado la Ciudad de México en par de ocasiones pero que se encontraba por primera vez en Puebla. El funk, el groove, los ritmos afrolatinos y callejeros que conforman su pegajoso estilo arroparon rápidamente a la audiencia que se notaba satisfecha en el zócalo de la ciudad. Ahí, Jay Rodríguez y sus cómplices, se salieron con la suya y ofrecieron un concierto dirigido hacia el soul y algunos covers de Prince y Eddie Harris. Al finalizar el show, cruzo la valla de seguridad y Jay Rodríguez, saxofonista y líder de Groove Collective, suelta algunas palabras sobre diversos temas.

Improvisación

La improvisación tiene que ver con la expresión de la vida. Cuando tienes vida puedes improvisar, sea en música clásica o en formato de jazz.

Nuevos lenguajes

En lo personal estudio mucha música clásica y jazz, pero lo más importante es tocar juntos y tratar de crear nuevos lenguajes.

Su visión del jazz

Aquí en México los mariachis, la música ranchera, son expresiones del espíritu, y de él vienen también el jazz y la improvisación, pero si la música solamente tiene la parte académica no tiene nada que ver con el jazz.

Sobre tocar música de los años setenta

No tiene nada que ver con un retroceso: la música es música ayer y hoy. El punto es la mentalidad y la perspectiva de tocar sin pensar en estilos determinados

Música y nuevas tecnologías

Me encanta porque hay gente que no es músico que hace buena música; es la prueba de que la música se lleva en el espíritu. Hay gente que estudia, obtiene muchos grados y es doctor, pero no hace música.

Boredoms / KK Null / Fat Mariachi – Clausura Radar 9

Oscar Adad

No hay duda, éste era el concierto más esperado de Radar 9 y cumplió al ciento por ciento las expectativas: los nipones Boredoms y KK Null hicieron añicos cualquier convencionalismo en la escucha y mostraron que el ser radical es la única salida.

Foto: B. Desrus / Festival de México

Son casi las nueve de la noche cuando llego a la cita. Fat Mariachi está en el escenario y sólo alcanzo a ver un par de temas. Sin embargo, el performance de disfraz de mariachi y su sentido del humor parecen no caer bien al público. Se nota hostilidad en el ambiente, algunos los abuchean y otros tantos aplauden. Caballeros, creo que será en otra ocasión.

Foto: Ariette Armella / Festival de México

KK Null

De apariencia más que ruda Kazuyuki Kishino sube al entarimado a hacer lo que mejor sabe: NOISE. Kishino no tiene piedad, desde el principio suelta metralla de ruido análogo digital que deja bien claro que no vino a México a hacerse el chistosito. El fundador de importantes bandas de metal como Zeni Geva y Yona Kit hace del ruido un verdadero placer. Entre toda la masa sonora se escucha una gran diversidad de fuentes, dinámicas y, sobre todo, espacios. Kishino sabe muy bien lo que hace y cataliza perfectamente la cultura del metal y el rock extremo con su interés en la electrónica experimental.

El set de KK Null es corto, aunque con la suficiente contundencia para recordarlo de por vida. Kishino es una de las figuras más imponentes dentro de la escena del ruido y nos lo espetó en la cara. Satisfecho, hace una respetuosa reverencia a un público agradecido por esa sacudida a sus vidas. Ahora si, las cosas están en su lugar.

Foto: Ariette Armella / Festival de México
Foto: Ariette Armella / Festival de México

Boredoms

Desde que se dio a conocer la noticia de que los Boredoms estarían en nuestro país la expectación crecía con el paso del tiempo. La producción tuitea desde el soundcheck con lo que tensa todavía más las cosas y, por si fuera poco, el escenario está dispuesto para el Boadrum, set nada convencional: un círculo conformado por cuatro baterías, hardware de dj y los dos Sevena (instrumentos creados por 7 guitarras steel y telecaster que son tocados como instrumento de percusión). La audiencia está encendida.

La luz se apaga, el momento ha llegado. Uno a uno salen al escenario los integrantes de una de las bandas más imaginativas del universo: Eye (voz, tornamesas y Sevena); Yoshimi (batería); Butchy Fuego (batería); Hisham Bharoocha (batería); y el creador del Sevena, Seinji Masuko (guitarra), toman su posición estratégica y es aquí donde el concierto da inicio.

Foto: B. Desrus / Festival de México

Poco a poco la única pieza presentada por la banda va tomando forma, los asistentes empiezan a responder al cortejo, se están enganchando y entonces: ¡B U M! Del público se escucha el estruendo de otra batería y se erige el sexto boredom que no había tomado su lugar en el escenario: YO2RO es llevado en un mikoshi en todo lo alto tocando su instrumento hasta llegar con sus compañeros. Vaya manera de empezar.

El concierto se desarrolla con la potencia que dan los cuatro bateristas, los cantos de Eye, sus golpes al Sevena, certeros disparos en las tornamesas y las sutiles atmósferas creadas por la guitarra de Masuko. El público está totalmente en la experiencia. Desde los primeros minutos los Boredoms conectan y no es producto de la casualidad. Se llama trabajo duro. No por nada tuvieron tres días de ensayo previos más un soundcheck de 5 horas.

En plena era de búsquedas a través de la obsesión por la última tecnología es un acercamiento absolutamente tribal lo que ofrecen los Boredoms con esta formación y que apunta principalmente hacia la reconciliación entre la audiencia y los creadores. En otras palabras, romper con el absurdo occidental del artista como ser omnipotente y dar cabida a una experiencia integral, incluyente y, sobre todo, humana.

Foto: Ariette Armella / Festival de México

El concierto finaliza con un encore más sutil pero con una carga de intensidad similar. Había que cerrar la incisión abierta por los de Osaka. El público está exhausto. Mi amigo, el periodista David Cortés, me dice que toda la gente debería tener una experiencia así por lo menos una vez en su vida. Sólo puedo asentir con la cabeza.

Ya en la salida la gente está tranquila, hay paz. Aparentemente todo sigue igual y cada quien toma rumbos distintos. Pero no, los que estuvieron ahí saben que a partir de esa noche ya no será lo mismo.

El misterioso sonido de Charles Gayle

Oscar Adad

Expectación es lo que se percibe en el Teatro de la Ciudad minutos antes del concierto del trío del saxofonista y pianista Charles Gayle. Una noche nublada se convierte en la acompañante perfecta para escuchar la sesión de free jazz a cargo del Misterioso neoyorkino en el marco del Festival Radar.

Foto: B. Desrus / Festival de México

Poca gente en el teatro, se siente cierta  frialdad en el ambiente. Entre los pocos asistentes hasta ese momento reconozco a algunos músicos, uno que otro reportero y devoradores de discos, los mismos de siempre. Echo un vistazo al programa de mano escrito por Alonso Arreola y se queja de que la mayoría de los promotores y escritores ponen en primer plano la vida de indigencia de Gayle antes que su música. En parte coincido, pero definitivamente es un dato fundamental para comprender el sonido del saxofonista.

La ubicación en la que me encuentro no es del todo buena. Si, estoy en la parte preferente pero en la extrema derecha (nada de connotaciones políticas, por favor); sólo espero que el ingeniero de audio haga bien su trabajo y no me reviente los tímpanos, el sistema de amplificación está a tan sólo unos cuantos metros de mí.

Termina la terna de llamadas de atención, el interruptor de las luces está apagado y caminan sobre el entarimado el contrabajista y también poeta Larry Roland; el batería y miembro del M-Base Collective, Michael Wimberly y el septuagenario saxofonista Charles Gayle.

Foto: B. Desrus / Festival de México

Sin más preámbulo Michael Wimberly golpea su batería y la sesión empieza a calentar el teatro. Cabe decir que Charles Gayle es de esos que no hablan con sus músicos acerca de lo que van a tocar, dice que confía en ellos con los riesgos que ello conlleva. Sin duda pertenece a una raza de artistas en peligro de extinción.

El concierto se estructura básicamente por improvisaciones de media duración (sin contar la retorcidísima versión de Giant Steps, original de John Coltrane) en las que el trio experimenta distintas sonoridades y matices dentro de ellas: las distorsiones tímbricas de Gayle en el saxofón y sus disonancias al piano, el delicado trabajo con el arco de Larry Roland y el africanismo en los tambores de Wimberly, dan muestra de las múltiples posibilidades que existen dentro del free jazz.

Gayle ha cambiado el saxofón tenor por el alto desde hace algunos años y se ha acercado a un sonido más melódico que divide a sus seguidores. Sin embargo la energía permanece, tan sólo la direcciona y dosifica de distinta manera. Aburridísimo sería si continuase buscando ese agresivo sonido que lo dio a conocer a fines de los ochenta.

Foto: B. Desrus / Festival de México

La sesión finaliza, sin embargo el público hace salir a los músicos un par de veces, lo cual sorprende al saxofonista. Gayle se dirige a la audiencia y amablemente agradece el gesto; incluso invita a quien quiera hacerlo a tocar el piano, pero nadie tiene las agallas. Finalmente el trio toca una larga improvisación que recuerda a sus viejos tiempos cuando el nombre de Charles Gayle era sinónimo de resistencia.

Gayle, Roland y Wimberly salen por donde llegaron, las luces se encienden y el teatro luce bastante lleno. Me pregunto de dónde habrá salido tanta gente, quizá sólo estuvieron allí para  aplaudir. Ya saben, todos quieren ser partícipes de las glorias de otros y más aún, cuando saben que hay sufrimiento de por medio.