Festival Distritofónico 2014, diez años del colectivo La Distritofónica – Primera parte

Por Oscar Adad / Fotos: Jesús Cornejo

Con mucho cariño para Mange, Luis Daniel y Julián.

Cuando vi el calendario de conciertos me resultó sorprendente y atractivo. Un festival en Bogotá en el que podían convivir desde músicas tradicionales colombianas hasta estilos como el jazz, el rock, la música contemporánea, e incluso la electrónica, en tan sólo cinco días. Vaya, no era tan común ver una noche a John Medeski en un elegante teatro con su música de improvisación y jazz contemporáneo a piano solo, y la siguiente sudar la gota gorda en un atestado foro callejero con el fulminante vallenato de Don Carmelo Torres y Los Toscos. Una idea nada usual entre los festivales de música independiente, al menos aquí en México. Había que estar ahí. Había que atestiguar los diez años del colectivo La Distritofónica.

Bogotá es una ciudad contrastante. Es la capital de un país que divide a sus pobladores en seis niveles de acuerdo a sus ingresos y que deja ver una Colombia con un alto grado de desigualdad social. Hordas de automóviles salvajes, altos decibeles y advertencias continuas de la delincuencia que se regocija impunemente por las calles, mezcladas con la musicalidad del acento bogotano, es parte de la pintura multicolor de la ciudad. Pero Bogotá es también el lugar de las montañas, el cielo azul y las nubes. El lugar perfecto para echar a volar los cometas e imaginar nuevos horizontes. Y es precisamente entre el caos urbano y los cometas en el cielo donde, desde hace diez años, un grupo de jóvenes artistas decidió empezar a componer nueva música para la banda sonora de la ciudad.

Plaza Bolívar / Foto: Jesús Cornejo

Plaza Bolívar / Foto: Jesús Cornejo

La Distritofónica es un pequeño colectivo de músicos bogotanos que desde sus inicios en 2004 apostó por sacudirse los convencionalismos, tanto en la manera de producir su música como en la música misma. En la Distritofónica toda sonoridad es bienvenida y por esa razón pueden mezclarse estilos tradicionales de su país como la champeta y la cumbia con géneros contemporáneos como el rock, el jazz, e incluso la música electrónica. El resultado en estos diez años es la edición de treinta y siete discos por el colectivo que dan cuenta de la efervescencia y creatividad de la música independiente en Colombia. Motivo más que suficiente para estar de fiesta. Así las cosas, y por cuarta ocasión, echaron a andar el Festival Distritofónico. Para este año, el cartel se dividió en cinco días e incluyó a reconocidos artistas internacionales, ensambles del colectivo y de música tradicional, además de talleres y actividades académicas.

Día uno – Eric Friedlander y Nicolás Ospina Trío

El primer concierto fue en el Planetario de la ciudad. Era mi primer día en Bogotá y fui guiado por Luis Daniel Vega, periodista y fundador del sello disquero Festina Lente, excelente trabajo que merece un texto aparte; y por Julián Cotes, fotógrafo. Subimos al Transmilenio mientras me hablaban de algunos barrios emblemáticos para la música bogotana. Una calle especial es la 33, en el barrio de Teusaquillo. Justo de esa calle tomó su nombre la famosa banda de salsa La 33. La razón es muy simple: ahí estaba su lugar de ensayo. Luego paramos en el Centro a Inter Discos, tienda de viniles en su mayoría dedicados a lo tropical con más de 45 mil títulos. Una locura para cualquier coleccionista. Nada mal el camino previo al primer concierto del Distritofónico.

Finalmente llegamos a la apertura del festival en el Planetario de Bogotá. La sala era pequeña y con buena acústica. Lugar muy adecuado para escuchar el trabajo del chelista Eric Friedlander en solitario. Está de más hacer una biografía de Friedlander, quizá sólo baste decir que al escuchar su nombre uno piensa de inmediato en música hecha a la perfección y desafiante al oído. Friedlander es de los músicos más representativos de la escena “Downtown” de Nueva York y su nombre se asocia mucho con el del compositor John Zorn. De hecho, el concierto que presentó el chelista fue la interpretación de Volac, octavo volumen de Book of Angels, precisamente de Zorn. Friedlander es un tipo de personalidad sobria, pero tremendamente expresivo cuando aborda su instrumento. No permitió interrupciones de ningún tipo y pidió a los fotógrafos dejar de disparar sus cámaras a mitad de la sesión por el casi imperceptible ruido de los obturadores. El set de Friedlander se reduce de una manera muy simple: dio un juego perfecto.

Eric Friedlander / Foto: Jesús Cornejo

Eric Friedlander / Foto: Jesús Cornejo

Luego vino el primer descubrimiento local: Nicolás Ospina Trío. Tanto la personalidad como la música que ofreció fue contrastante con lo sucedido previamente con Friedlander. Si el turno del chelista se acercó más a un concierto de música contemporánea, el compositor bogotano llevó a nuestros oídos los colores de la música popular, el jazz y la canción de autor. Ospina hizo una música muy cercana al pop, pero apoyado en instrumentos acústicos, tradicionales y de músicos invitados, lo que dio gran riqueza tímbrica a sus composiciones. Además, su personalidad como carismático contador de historias llenó de mucha calidez la sala del Planetario.

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Nicolás Ospina Trío / Foto: Jesús Cornejo

Día 2 – Trip Trip Trip e Invader Ace

Lo primero que hizo Luis Daniel esta mañana fue hablarme de un tal Pink Tomate. Me cuenta que es  el gato de la novela Opio en las nubes del escritor bogotano Rafael Chaparro Madiedo, quien murió de lupus a los 31 años de edad, y que con esta única novela publicada se convirtió en un escritor de culto en Colombia. Luis Daniel y Mange (coordinadora del festival) viven en el barrio donde se desarrolla la historia, salimos a la calle y Luis me muestra la avenida donde Chaparro Madiedo describe y dibuja el mar en Bogotá. Miro la avenida, imagino el mar entre los autos y el asfalto, y la voz de Pink Tomate, acompasada y traviesa, me susurra al oído:

“Soy Pink Tomate el gato de Amarilla. A veces no sé si soy tomate o gato. En todo caso a veces me parece que soy un gato al que le gustan los tomates o más bien un tomate con cara de gato. O algo así. Me gusta el olor del vodka con las flores. Me gusta ese olor en las mañanas cuando Amarilla llega de una fiesta llena de sudores y humos y me dice hola Pink y yo me digo mierda,  esta Amarilla es cosa seria, nunca duerme, nunca come, nunca descansa, qué vaina, qué cosa tan seria. Claro a veces me desespera cuando llega con las noches entre sus manos, con la desesperación en su boca y entonces se sienta en el sofá, me riega un poco de ceniza en el pelo, qué cosa tan seria, y empieza a cantar alguna canción triste, algo así como I want a trip trip trip como para poder resistir la mañana o para terminar de joderla trip trip trip”.

Ya para la noche estamos en Matik-Matik, sitio emblemático para la nueva música que se hace en Bogotá. El lugar, además de foro, es también un espacio en el que se apoya la producción de discos y se ofrece difusión y promoción a nuevos proyectos. Aquí es el punto de encuentro de la comunidad de música independiente de la ciudad. El lugar es pequeño, como para 100 personas. Una serie de diseños con el rostro de  Mao Tse Tung adorna una de las paredes. La barra, además, tiene un toque especial porque ofrece sus propios rones “arreglados” con frutas y especias.

Matik estaba casi lleno para el segundo día de festival. Esa noche se presentaron Trip, trip, trip (sí, la onomatopeya de Pink Tomate) e Invader Ace.

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Trip trip trip / Foto: Jesús Cornejo

Trip Trip Trip es un ensamble acústico de guitarras que interpreta música contemporánea original y de otros compositores. Lo interesante aquí, además de la gran calidad de la música que ofreció el ensamble, es que el espacio no era propiamente una sala de concierto, sino un foro de corte más subterráneo. La mitad del público sentada en sillas plegables y la otra mitad de pie  junto a la barra escuchaba con atención todas las sutilezas que puede ofrecer un ensamble de estas características. La gente vino a escuchar la música y eso se agradece.

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Invader Ace / Foto: Jesús Cornejo

Después subió al escenario el dueto escandinavo de techno Invader Ace. Ya mi amigo Santiago Botero, bajista de MULA y Los Toscos, me había puesto al tanto de estos tipos. Las sillas ya no estaban y olía a una descarga de baile desenfrenado. Y en efecto. Estos caballeros con guitarra, tuba, botones, pedales análogos y radios viejos, se encargaron de reventar el voltaje de Matik-Matik. En plena era digital Invader Ace opta por hacer todo su trabajo con tecnología análoga, y el resultado es alucinante. Lo de Invader Ace fue el grado de temperatura que faltaba para hacer volar la olla express de los tres conciertos previos del Distritofónico. Ahora sí, el festival había iniciado.

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