El misterioso sonido de Charles Gayle

Oscar Adad

Expectación es lo que se percibe en el Teatro de la Ciudad minutos antes del concierto del trío del saxofonista y pianista Charles Gayle. Una noche nublada se convierte en la acompañante perfecta para escuchar la sesión de free jazz a cargo del Misterioso neoyorkino en el marco del Festival Radar.

Foto: B. Desrus / Festival de México

Poca gente en el teatro, se siente cierta  frialdad en el ambiente. Entre los pocos asistentes hasta ese momento reconozco a algunos músicos, uno que otro reportero y devoradores de discos, los mismos de siempre. Echo un vistazo al programa de mano escrito por Alonso Arreola y se queja de que la mayoría de los promotores y escritores ponen en primer plano la vida de indigencia de Gayle antes que su música. En parte coincido, pero definitivamente es un dato fundamental para comprender el sonido del saxofonista.

La ubicación en la que me encuentro no es del todo buena. Si, estoy en la parte preferente pero en la extrema derecha (nada de connotaciones políticas, por favor); sólo espero que el ingeniero de audio haga bien su trabajo y no me reviente los tímpanos, el sistema de amplificación está a tan sólo unos cuantos metros de mí.

Termina la terna de llamadas de atención, el interruptor de las luces está apagado y caminan sobre el entarimado el contrabajista y también poeta Larry Roland; el batería y miembro del M-Base Collective, Michael Wimberly y el septuagenario saxofonista Charles Gayle.

Foto: B. Desrus / Festival de México

Sin más preámbulo Michael Wimberly golpea su batería y la sesión empieza a calentar el teatro. Cabe decir que Charles Gayle es de esos que no hablan con sus músicos acerca de lo que van a tocar, dice que confía en ellos con los riesgos que ello conlleva. Sin duda pertenece a una raza de artistas en peligro de extinción.

El concierto se estructura básicamente por improvisaciones de media duración (sin contar la retorcidísima versión de Giant Steps, original de John Coltrane) en las que el trio experimenta distintas sonoridades y matices dentro de ellas: las distorsiones tímbricas de Gayle en el saxofón y sus disonancias al piano, el delicado trabajo con el arco de Larry Roland y el africanismo en los tambores de Wimberly, dan muestra de las múltiples posibilidades que existen dentro del free jazz.

Gayle ha cambiado el saxofón tenor por el alto desde hace algunos años y se ha acercado a un sonido más melódico que divide a sus seguidores. Sin embargo la energía permanece, tan sólo la direcciona y dosifica de distinta manera. Aburridísimo sería si continuase buscando ese agresivo sonido que lo dio a conocer a fines de los ochenta.

Foto: B. Desrus / Festival de México

La sesión finaliza, sin embargo el público hace salir a los músicos un par de veces, lo cual sorprende al saxofonista. Gayle se dirige a la audiencia y amablemente agradece el gesto; incluso invita a quien quiera hacerlo a tocar el piano, pero nadie tiene las agallas. Finalmente el trio toca una larga improvisación que recuerda a sus viejos tiempos cuando el nombre de Charles Gayle era sinónimo de resistencia.

Gayle, Roland y Wimberly salen por donde llegaron, las luces se encienden y el teatro luce bastante lleno. Me pregunto de dónde habrá salido tanta gente, quizá sólo estuvieron allí para  aplaudir. Ya saben, todos quieren ser partícipes de las glorias de otros y más aún, cuando saben que hay sufrimiento de por medio.

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