Boredoms / KK Null / Fat Mariachi – Clausura Radar 9

Oscar Adad

No hay duda, éste era el concierto más esperado de Radar 9 y cumplió al ciento por ciento las expectativas: los nipones Boredoms y KK Null hicieron añicos cualquier convencionalismo en la escucha y mostraron que el ser radical es la única salida.

Foto: B. Desrus / Festival de México

Son casi las nueve de la noche cuando llego a la cita. Fat Mariachi está en el escenario y sólo alcanzo a ver un par de temas. Sin embargo, el performance de disfraz de mariachi y su sentido del humor parecen no caer bien al público. Se nota hostilidad en el ambiente, algunos los abuchean y otros tantos aplauden. Caballeros, creo que será en otra ocasión.

Foto: Ariette Armella / Festival de México

KK Null

De apariencia más que ruda Kazuyuki Kishino sube al entarimado a hacer lo que mejor sabe: NOISE. Kishino no tiene piedad, desde el principio suelta metralla de ruido análogo digital que deja bien claro que no vino a México a hacerse el chistosito. El fundador de importantes bandas de metal como Zeni Geva y Yona Kit hace del ruido un verdadero placer. Entre toda la masa sonora se escucha una gran diversidad de fuentes, dinámicas y, sobre todo, espacios. Kishino sabe muy bien lo que hace y cataliza perfectamente la cultura del metal y el rock extremo con su interés en la electrónica experimental.

El set de KK Null es corto, aunque con la suficiente contundencia para recordarlo de por vida. Kishino es una de las figuras más imponentes dentro de la escena del ruido y nos lo espetó en la cara. Satisfecho, hace una respetuosa reverencia a un público agradecido por esa sacudida a sus vidas. Ahora si, las cosas están en su lugar.

Foto: Ariette Armella / Festival de México

Foto: Ariette Armella / Festival de México

Boredoms

Desde que se dio a conocer la noticia de que los Boredoms estarían en nuestro país la expectación crecía con el paso del tiempo. La producción tuitea desde el soundcheck con lo que tensa todavía más las cosas y, por si fuera poco, el escenario está dispuesto para el Boadrum, set nada convencional: un círculo conformado por cuatro baterías, hardware de dj y los dos Sevena (instrumentos creados por 7 guitarras steel y telecaster que son tocados como instrumento de percusión). La audiencia está encendida.

La luz se apaga, el momento ha llegado. Uno a uno salen al escenario los integrantes de una de las bandas más imaginativas del universo: Eye (voz, tornamesas y Sevena); Yoshimi (batería); Butchy Fuego (batería); Hisham Bharoocha (batería); y el creador del Sevena, Seinji Masuko (guitarra), toman su posición estratégica y es aquí donde el concierto da inicio.

Foto: B. Desrus / Festival de México

Poco a poco la única pieza presentada por la banda va tomando forma, los asistentes empiezan a responder al cortejo, se están enganchando y entonces: ¡B U M! Del público se escucha el estruendo de otra batería y se erige el sexto boredom que no había tomado su lugar en el escenario: YO2RO es llevado en un mikoshi en todo lo alto tocando su instrumento hasta llegar con sus compañeros. Vaya manera de empezar.

El concierto se desarrolla con la potencia que dan los cuatro bateristas, los cantos de Eye, sus golpes al Sevena, certeros disparos en las tornamesas y las sutiles atmósferas creadas por la guitarra de Masuko. El público está totalmente en la experiencia. Desde los primeros minutos los Boredoms conectan y no es producto de la casualidad. Se llama trabajo duro. No por nada tuvieron tres días de ensayo previos más un soundcheck de 5 horas.

En plena era de búsquedas a través de la obsesión por la última tecnología es un acercamiento absolutamente tribal lo que ofrecen los Boredoms con esta formación y que apunta principalmente hacia la reconciliación entre la audiencia y los creadores. En otras palabras, romper con el absurdo occidental del artista como ser omnipotente y dar cabida a una experiencia integral, incluyente y, sobre todo, humana.

Foto: Ariette Armella / Festival de México

El concierto finaliza con un encore más sutil pero con una carga de intensidad similar. Había que cerrar la incisión abierta por los de Osaka. El público está exhausto. Mi amigo, el periodista David Cortés, me dice que toda la gente debería tener una experiencia así por lo menos una vez en su vida. Sólo puedo asentir con la cabeza.

Ya en la salida la gente está tranquila, hay paz. Aparentemente todo sigue igual y cada quien toma rumbos distintos. Pero no, los que estuvieron ahí saben que a partir de esa noche ya no será lo mismo.

Mark Helias, la magia de lo desconocido

Oscar Adad

Mark Helias cumple a la perfección uno de los puntos clave que distinguen a un buen jazzista e improvisador: no ser famoso. Sin embargo, eso no tiene nada que ver en su trabajo creativo. Helias es un reconocidísimo y solicitado contrabajista que se mueve con gran destreza dentro de distintos contextos que van de la tradición, el free funk, hasta llegar al avant garde.

Nacido hace sesenta años en New Brunswick, Nueva Jersey, Helias es de esos casos en los que la decisión de tomar el instrumento es tardía. A los veintiún años se decide a hacerlo y a la fecha no cabe duda que el camino elegido fue el correcto.

El contrabajista estudia de manera obsesiva el instrumento – tanto en términos de la música académica, como en el jazz y la improvisación-, rápidamente gana notoriedad en la escena y es ni más ni menos que el compositor y saxofonista Anthony Braxton quien lo invita a formar parte de su cuarteto en 1977. A partir de entonces, la carrera de Mark Helias la marcan proyectos del más fino corte dentro de la escena del jazz de vanguardia.

Foto: secretsociety.typepad.com

A Helias se le asocia con importantes bandas como BassDrumBone, divertido trío de free funk donde comparte créditos con el trombonista Ray Anderson y el batería Gerry Hemingway; con el desaparecido ensamble de música del mundo, NU, donde sus cómplices son Nana Vasconcelos, Don Cherry, Ed Blackwell y Carlos Ward, ahí nomás. Y si el morbo los carcome déjenme decirles que, como sideman, se le ha visto con Cecil Taylor, Slickaphonics, J.B. Horns, Bobby Previte, entre muchos otros. Y ya por no dejar, les digo que también se da el lujo de trabajar constantemente a dúo con ese otro titán de las cuatro cuerdas: Mark Dresser

El principal interés estético del Helias es la interacción entre el mundo de la improvisación y el de la composición, y donde se siente más a gusto para lograrlo es en pequeños ensambles. La razón tiene que ver con que, para él, existe una mayor individualidad y conexión entre los músicos. Y es precisamente el formato en el que se presenta en nuestro país gracias al batería Hernán Hecht.

Foto: Brocha

Hecht, quien se ha dedicado a últimas fechas a interactuar con artistas internacionales, toma la iniciativa de conformar un trío con Helias y con el reconocido saxofonista argentino Rodrigo Domínguez. El resultado es una serie de presentaciones y clínicas tanto en el DF como en el interior de la República, donde la audiencia podrá apreciar la capacidad de creación de un ensamble que es la primera vez que se enfrenta en el escenario.

Sin embargo, el hecho de ser la primera ocasión que accionan juntos no debe ser motivo de incredulidad, al contrario, es precisamente en estos encuentros donde el escucha es cómplice directo de descubrimientos constantes. Y como bien lo expresa el propio Helias cuando es cuestionado acerca de la improvisación: “es la magia de lo desconocido”.

El misterioso sonido de Charles Gayle

Oscar Adad

Expectación es lo que se percibe en el Teatro de la Ciudad minutos antes del concierto del trío del saxofonista y pianista Charles Gayle. Una noche nublada se convierte en la acompañante perfecta para escuchar la sesión de free jazz a cargo del Misterioso neoyorkino en el marco del Festival Radar.

Foto: B. Desrus / Festival de México

Poca gente en el teatro, se siente cierta  frialdad en el ambiente. Entre los pocos asistentes hasta ese momento reconozco a algunos músicos, uno que otro reportero y devoradores de discos, los mismos de siempre. Echo un vistazo al programa de mano escrito por Alonso Arreola y se queja de que la mayoría de los promotores y escritores ponen en primer plano la vida de indigencia de Gayle antes que su música. En parte coincido, pero definitivamente es un dato fundamental para comprender el sonido del saxofonista.

La ubicación en la que me encuentro no es del todo buena. Si, estoy en la parte preferente pero en la extrema derecha (nada de connotaciones políticas, por favor); sólo espero que el ingeniero de audio haga bien su trabajo y no me reviente los tímpanos, el sistema de amplificación está a tan sólo unos cuantos metros de mí.

Termina la terna de llamadas de atención, el interruptor de las luces está apagado y caminan sobre el entarimado el contrabajista y también poeta Larry Roland; el batería y miembro del M-Base Collective, Michael Wimberly y el septuagenario saxofonista Charles Gayle.

Foto: B. Desrus / Festival de México

Sin más preámbulo Michael Wimberly golpea su batería y la sesión empieza a calentar el teatro. Cabe decir que Charles Gayle es de esos que no hablan con sus músicos acerca de lo que van a tocar, dice que confía en ellos con los riesgos que ello conlleva. Sin duda pertenece a una raza de artistas en peligro de extinción.

El concierto se estructura básicamente por improvisaciones de media duración (sin contar la retorcidísima versión de Giant Steps, original de John Coltrane) en las que el trio experimenta distintas sonoridades y matices dentro de ellas: las distorsiones tímbricas de Gayle en el saxofón y sus disonancias al piano, el delicado trabajo con el arco de Larry Roland y el africanismo en los tambores de Wimberly, dan muestra de las múltiples posibilidades que existen dentro del free jazz.

Gayle ha cambiado el saxofón tenor por el alto desde hace algunos años y se ha acercado a un sonido más melódico que divide a sus seguidores. Sin embargo la energía permanece, tan sólo la direcciona y dosifica de distinta manera. Aburridísimo sería si continuase buscando ese agresivo sonido que lo dio a conocer a fines de los ochenta.

Foto: B. Desrus / Festival de México

La sesión finaliza, sin embargo el público hace salir a los músicos un par de veces, lo cual sorprende al saxofonista. Gayle se dirige a la audiencia y amablemente agradece el gesto; incluso invita a quien quiera hacerlo a tocar el piano, pero nadie tiene las agallas. Finalmente el trio toca una larga improvisación que recuerda a sus viejos tiempos cuando el nombre de Charles Gayle era sinónimo de resistencia.

Gayle, Roland y Wimberly salen por donde llegaron, las luces se encienden y el teatro luce bastante lleno. Me pregunto de dónde habrá salido tanta gente, quizá sólo estuvieron allí para  aplaudir. Ya saben, todos quieren ser partícipes de las glorias de otros y más aún, cuando saben que hay sufrimiento de por medio.

Un tal Charles Gayle

Por Oscar Adad

¿Quién iba a decir que un indigente neoyorkino con saxofón en mano daría forma a una de las historias más intrigantes del free jazz?

Charles Gayle / Foto: efoto.lt/node/119738

Si, la vida de Charles Gayle es de esas que llaman rápidamente la atención y que bien podrían ser llevadas a la pantalla grande. Sin embargo, el estilo del pianista y saxofonista, nacido un 28 de febrero de 1939, no interesa a la gran industria del entretenimiento. Por ello, Charles Gayle y su música se quedan en los oídos de escuchas aventurados y ávidos de experiencias profundas.

Oriundo de la Ciudad de Buffalo, Gayle es una figura que se ha movido no sólo al margen del negocio de la música, sino de la vida en general. Se sabe realmente poco de él y se niega hablar de su pasado: maestro en la universidad de su ciudad donde uno de sus alumnos era Jay Beckenstein (Spyro Gyra); una relación tormentosa con una mujer; versiones divergentes en torno a su vida como músico y la ausencia de su nombre en el directorio telefónico de la ciudad, es todo lo que se sabe del saxofonista en Buffalo.

Posteriormente, al mudarse a Nueva York las cosas no pueden ponerse peor: pasa casi veinte años en calidad de indigente, toca en la calle, en el metro, pernocta en edificios abandonados, gana lo suficiente para hacer una sola comida al día (cuando bien le va), pero continua insistentemente pegado al saxofón afilando el sonido que a la postre lo llevaría a ser reconocido como uno de los principales exponentes del free jazz de las dos últimas décadas.

Charles Gayle / Foto: Udo Bartsch

El sonido de Gayle es construido prácticamente de forma autodidacta (de niño sólo toma dos años clases de piano), inspirado fuertemente en la música de las iglesias afroamericanas, en el bebop y específicamente en la figura del atormentado Charlie Parker. Su estilo lo marcan las distorsiones tímbricas, la furia, la espiritualidad, la tristeza, el frenetismo. Sus veinte años de vida en la calle, pues.

Es el fin de la década de los 80, la era Reagan da sus últimos espasmos y la suerte del saxofonista parece cambiar. La reconocida discográfica sueca Silkheart le edita en 1988 una tercia de álbumes (Always Born, Spirits Before y el extraordinario Homeless) con los cuales Gayle sigilosamente se introduce en los primeros planos de la escena freejazzera mundial. A partir de entonces, su carrera ha sido constantemente documentada en los más importantes sellos del género como FMP, Black Saint, Knitting Factory Works y Ayler Records, entre otros.

Sin embargo, la personalidad misteriosa de Gayle permanece intacta. Cuenta la leyenda que en uno de sus conciertos en la Knitting Factory arremetía contra los blancos por intentar tocar jazz, tratar de apreciarlo y controlar las presentaciones. Por si fuera poco, da vida al personaje “Streets the Clown” (un payaso de ropas raídas a través del cual cataliza sus inquietudes emocionales y socio-políticas), e incluso ha confesado que no sabe si le interesa el negocio de la música. No extraña que al mismo Festival Radar le haya costado mucho trabajo dar con él.

Charles Gayle / Foto: http://www.soleilfm.fr

A sus 71 años Charles Gayle es ya una leyenda. Cuenta con los capos del free jazz en sus propias bandas y ha sido invitado por Cecil Taylor y Henry Rollins a grabar en sus discos. Permanece fiel a su música y estilo de vida, sólo quiere tocar la música que le dicta su corazón. En esa veintena de años en la indigencia nunca perdió el camino, como lo constata en entrevista ofrecida a mi buen amigo Xavier Quirarte para Milenio Diario: “No quería tomar la decisión de dejar de tocar, no iba a parar: iba a seguir tocando y tratando de vivir. Era eso o morir. En ocasiones lloraba, pero nunca pensé en dejar la música y ciertamente quería tocar la música que estaba en mi corazón”.

Charles Gayle Trio se presenta dentro del Festival Radar el miércoles 17 de marzo en el Teatro de la Ciudad. 20:30 hrs.